Apicultura Lanzarote y Fuerteventura

Las primeras referencias históricas sobre apicultura en las islas de Lanzarote y Fuerteventura las encontramos en el libro de Fray Juan de Abreu Galindo, quien en el año 1632 en su Historia de la conquista de las siete islas de Gran Canaria, escribe los siguiente

La isla de Lanzarote es falta de agua, que no hay
de otra sino la que llueve, la cual recogen en maretas
o charcos grandes hechos a mano, de piedras. También
recogen en pozos, y la guardan para sustentarse y a
sus ganados. [...]
Esta isla de Fuerteventura es más abundosa de aguas,
y tiene algunas fuentes, y hay algunos árboles, como
son tarajales, acebuches y palmas, y lo que en ella se
planta se da muy bien. Son estas dos islas abundantísimas de yerbas y muy olorosas flores; y así hay mucho ganado de cabras y ovejas y vacas. Y, con ser tan fértiles de flores y yerbas, no hay en ellas abejas, ni se han podido criar, aunque se han llevado de las demás islas; y entiendo ser causa la llaneza de la isla y correr grandes vientos a la continua, y no tener abrigas.

En el siglo XVII, encontramos en Tetir el topónimo  “Ladera de la Miel de Abejas”, situada próxima a la ermita de San Andrés, que hace pensar que los primeros intentos de implementar la apicultura en Fuerteventura, tuvieron lugar en estos fértiles valles propiciado por monjes que solían cultivar vides y colmenas.

La miel y la cera que se consumía en ambas islas,  procedente principalmente de las islas de Gran Canaria, Tenerife y La Palma, no solo eran gravadas con impuestos municipales sino también por la Iglesia.

José de Viera y Clavijo,  en su Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias en 1868, acerca de las colmenas  en las islas orientales afirma que

[...]Se ha dicho que no era conocida en nuestras islas antes de su conquista, sino solamente en la de Canaria[...] 
No han dejado de llevarse también algunas veces a Fuerteventura y Lanzarote; pero jamás han procreado a causa de que la violencia de los vientos nornordestes que reinan en ambas islas, particularmente de Abril hasta Octubre, impiden el vuelo a las abejas cuando buscan las flores.

La apicultura en Lanzarote y Fuerteventura comienza a tomar forma en los últimos años del siglo XX y comienzos del actual, habiendo de destacar la Orden 603/2001 del Gobierno de Canarias en las que se declara ambas islas como áreas de reserva a los efectos de la aplicación del programa de recuperación genética y selección de la raza abeja negra canaria, prohibiéndose la explotación y tenencia de otras razas de abejas distintas a la abeja canaria.

Según refleja el  Instituto Canario de Estadística ISTAC, para el periodo 2014-2019 en Lanzarote se ha incrementado el número de colmenas de 72 a 254, mientras que Fuerteventura ha pasado de 2 a 51 colmenas censadas aunque ha llegado a tener 90 en 2018.

Recomendamos la lectura de los artículos:  ‘Flor del Desierto’, la primera miel majorera y Lanzarote. Apicultura entre volcanes.

FUERTEVENTURA

Juan Rodríguez

Uno de los primeros en instalar colmenas en la isla fue Juan Rodríguez Marrero, que colocó en sus plantaciones de aloe vera, cerca de Tiscamanita, cuatro colmenas, traídas de Gran Canaria. La intención de Juan, gerente de Sabila Maxorata, era la de comercializar la miel de aloe vera. Posteriormente le siguieron otros entusiastas de la apicultura, entre ellos Bruno Gil y Carlos Ávila Cabrera.

Bruno Gil puso colmenas, en su finca ecológica, situada en El Rincón de Cuba (entre Villaverde y Lajares). En esa finca nació, en 2008, la primera abeja reina majorera.

A Carlos Ávila le llegó un enjambre a su finca de Tiscamanita en el año 2000 procedente de las cuatro colmenas de Juan Rodríguez.  Carlos Ávila suele decir  «las abejas me eligieron a mí» puesto en el año 2000 se asentó un enjambre, procedente de las cuatro colmenas de Juan Rodríguez, en su finca de Tiscamanita. Le llamó tanto la atención que pronto se apasionó y comenzó a formarse. Hoy tiene en Fuerteventura la primera sala de extracción de miel cruda en su casa de Guisguey, en el municipio de Puerto del Rosario, y unas 60 colmenas de abejas negras canarias repartidas por todos los municipios, excepto en La Oliva, y que va cambiando según las lluvias y las flores que, en Fuerteventura, ambas se hacen de rogar. Carlos Ávila Cabrera comercializa la miel “Flor del Desierto”.

Las abejas “majoreras” elaboran su miel con flores que no se dan en muchas partes del mundo, como son la barrilla, el corazoncillo, la tabaiba dulce, la palmera, las tuneras, la pitera y el verol, por lo que su sabor y su olor es muy de nuestra tierra.

LANZAROTE

Lanzarote es para los expertos un lugar especialmente idóneo para la apicultura en cuanto a sostenibilidad y control de la raza autóctona, por sus condiciones climáticas y porque la cría no se ha extendido sin control y con llegada masiva de otras especies. Con ello, es fácil poner a todo el sector en consonancia.

Lo aseguran los expertos, que Lanzarote es un lugar ideal para la apicultura ecológica y su desarrollo organizado y acorde con la condición de Isla de la Reserva de la Biosfera. La razón no sólo se debe a que la geografía lanzaroteña ofrece unas buenas condiciones ambientales y climáticas, sino a que se trata de un fenómeno relativamente nuevo, donde todavía no ha dado tiempo a que se llegue al descontrol por falta de regulación y desconocimiento; o por otras circunstancias, que sí hay fuera de la Isla.

De ahí que no sea difícil, según dicen los expertos, poner a todos los apicultores de acuerdo para el cumplimiento de una serie de premisas que garanticen un desarrollo sostenible y la continuidad de la raza autóctona de abeja negra canaria.

Además, dadas las condiciones del campo lanzaroteño, la función de la polinización que realizan estos insectos para el desarrollo agrícola de algunos productos empieza a verse como esencial. De hecho, hay ya agricultores que utilizan las colmenas para la polinización natural de sus cosechas, con excelentes rendimientos, renunciando a la producción de miel, jalea real u otros productos. De momento en la Isla apenas se cuenta con dos centenares de colmenas, y apenas llega a una docena las personas dedicadas a la apicultura, ya sea como complemento a otra actividad o de manera más o menos intensiva, Por ello no resulta difícil que todos se pongan de acuerdo en una serie de criterios que impidan que la cría de abejas acabe descontrolándose.

Se contemplan aspectos como pautar el uso de los productos químicos para atajar enfermedades, evitar el abandono de las colmenas  existentes y evitar la entrada de las razas foráneas sin control.